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30 años de Dirty Dancing (1987 - 2017)



Su escritora, Eleanor Bergstein, explica las claves de una película mucho menos inocente de lo que parecía

Dirty dancing fue la película que puso fin a la inocencia de muchos jóvenes de 1987. Les habló sin tapujos de sexo y les dijo que no tenían que esconderse por ir a buscarlo. También, del derecho al aborto, de la necesidad de cultivar la mente o de la falta de madurez ante los ideales familiares.

Ahora, 30 años después de su estreno en las salas de cine de Estados Unidos, la historia del idilio amoroso entre Patrick Swayze y Jennifer Grey se antoja tan oportuna que parece que no ha pasado el tiempo.

Recordemos: durante unas vacaciones de verano junto a su familia en el hotel Kellerman, Frances Baby Houseman se enamora de Johnny Castle, su profesor de baile. A pesar de las diferencias que los separan, ambos inician una relación en la que ella descubre el sexo y él, el amor. Nada vuelve a ser lo mismo para la familia Houseman. «Es una película tan adelantada a su tiempo que, incluso a día de hoy, sigue teniendo muchos trending topics», comenta Eleanor Bergstein, su guionista y coproductora, con ocasión del aniversario del estreno que hoy se celebra y que ya se ha cobrado un remake -con bastante malas críticas- en la cadena ABC.



Para Bergstein, Dirty dancing es, entre otras cosas, un sueño de la infancia hecho realidad: cuando era joven se aficionó a los concursos de mambo, hasta el punto que ejerció de profesora. Y ni aún así calmó su sed de baile. Por eso que escribió, bien empapado de elementos autobiográficos, el guion de Dirty dancing, que durante una década fue dando tumbos por Hollywood sin que nadie lo aceptara. Al final se cruzó en su camino la compañía Vestron para producir el filme, respecto al que insiste en que no se trata de un reflejo exacto de su vida. «No lo es. Hay muchas cosas de mí en la cinta pero no es una copia calcada». Otras cosas del guion sí que se parecen a la realidad: a Bergstein la llamaban «Baby» hasta los 20 años, su padre -médico- la llevaba a la montaña de vacaciones y estudió danza en la universidad.

En su momento, Swayze y Grey se convirtieron, de forma inesperada, en una de las parejas más icónicas de los 80 gracias a sus bailes y a la exitosa banda sonora del filme. La película, que tuvo un coste de cinco millones y una recaudación de 214 millones de dólares, estuvo a punto de dirigirse directamente a los videoclubs ante la negativa respuesta de los primeros test que se hicieron. Aun así, la productora apostó por ella. «La película estaba pensada en el año 1963, cuando el mundo estaba a punto de cambiar», recuerda Bergstein. «Era un momento muy delicado. En los estados del sur de Estados Unidos había muchas diferencias raciales, la gente negra no podía sentarse en la mesa con la gente blanca, no se podía votar... Los del norte y, sobre todo, los jóvenes querían cambiar Estados Unidos».

Y por ahí, la actualidad de Dirty dancing. «Lo triste», añade, «es que estamos viviendo, otra vez, lo mismo». Como el caso del aborto, que mostró a través del personaje de Penny, una joven bailarina que rechazó una actuación por someterse a un aborto clandestino en 1963, 10 años antes de que se reconociera el aborto inducido en el país. «En 1963 no era legal, pero sí en 1987 cuando el estreno. Aun así, hoy está pendiente de un hilo que continúe siéndolo o no».

De hecho, mucha gente le sugirió eliminarlo de la historia pues estorbaba entre las peripecias de Baby y Johnny. «Fue difícil», reconoce orgullosa. «Teníamos un patrocinador que nos lo exigió, pero no cedimos pues era esencial y daba pie al resto de la historia».

Vía: elmundo.es

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