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Crítica de Deadpool 2


Regresa a los cines el mutante más desvergonzado de Marvel en una nueva aventura llena de acción espectacular, chistes al por mayor y la completa insolencia que esperábamos de su protagonista, y su entretenimiento no desmerece en absoluto comparándolo con el de su divertida predecesora estrenada en 2016.

La primera Deadpool (2016), realizada por el novato Tim Miller, se convirtió en la película con clasificación C más taquillera de la historia, arrebatándole el trono a Matrix (Lilly y Lana Wachowski, 1999), al acumular 783 millones de dólares en todo el mundo. Su éxito, las críticas positivas que cosechó y las francas carcajadas que produjo durante las proyecciones garantizaron la secuela que ahora se estrenará, dirigida por el estadounidense David Leitch, un tipo que ha forjado con esfuerzo su carrera cinematográfica de más de dos décadas desde lo más bajo hasta ser nada menos que el jefe de cada rodaje en el que participa desde 2014.

 Ryan Reynolds (Buried) no hay quien le ponga un pero como el irreverente Wade Wilson, un secundario como Josh Brolin (American Gangster), que venía de meterse en la piel del odiado Thanos en la triunfante Avengers: Infinity War (Hermanos Russo, 2018) y aquí es Cable, no nos ofrece un antagonista con el suficiente interés y la potencia carismática que uno debería esperar, sobre todo si nuestro querido antihéroe se luce tanto con su arrolladora personalidad y su verborrea incontenible, pues a quien se le coloque delante no tendría que hacerle tantísima sombra; debiera estar a la altura y no es así.

El resto del reparto cumple bien con su función, desde Julian Dennison como Russell —a quien algunos conocimos en A la caza de los ñumanos (2016), de Taika Waititi, director de Thor: Ragnarok (2017)—, Zazie Beetz (Atlanta) encarnando a Domino, Brianna Hildebrand (The Exorcist) como Ellie Hiciste, T. J. Miller (Ready Player One) interpretando a Jack Hammer, Karan Soni (Cazafantasmas) como Dopinder, Morena Baccarin (Gotham) en la piel de Vanessa Carlysle o Stefan Kapicic (Counterpart) dotando de voz a Coloso. Las intervenciones de los demás son anecdóticas, y no hablamos de los descacharrantes cameos que uno se encuentra a lo largo de la película, sino por obra y gracia de tremendos y osados giros a los que los guionistas, Rhett Reese y Paul Wernick (Zombieland), compañeros de escritura habituales, y el propio Reynolds, solamente podrían atreverse en una propuesta tan delirante como Deadpool 2.

De lo que ningún espectador puede dudar ni por un segundo, excepto quizá aquellos con un sentido del humor limitado, que uno se lo pasa en grande viendo Deadpool 2 aun con su escaso alcance estilístico y su trivialidad. Ya quisieran muchos otros filmes ser tan ágiles, entretenidos y desmitificadores como este, en el que el héroe antiheroico se lo toma todito a cachondeo y no respeta nada.

Sus chistes son más complejos que los de la primera entrega, o de mayor amplitud, entre las ocurrencias verbales de Wade Wilson, los propios sucesos que se van desgranando, las ocasiones en las que le meten el dedo en el ojo con cariño a DC Entertainment, las referencias comiquísimas a otras obras de la cultura popular y sobre los X-Men, la autoparodia ácida y los curiosos detalles de metalenguaje cinematográfico: los guionistas están ahí en más de un aspecto y existe una identificación clara y muy provechosa entre Deadpool y el propio Ryan Reynolds.

Sin duda la chispa de Deadpool 2 ganará a los espectadores que se sienten a verla.


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